Nadie elige voluntariamente ser enfermo de dolor crónico, ni tampoco se elige ser familiar de una persona que sufre dolor durante las 24 horas.

El dolor crónico cambia tu vida, la transforma: la rutina cambia, tienes que adaptarte, renunciar a cosas que antes considerabas importantes, varían las prioridades, las funciones de casa se modifican, hay que aprender a la fuerza y sobre la marcha nuevas tareas… y así, una larga lista de cosas que el dolor es capaz de cambiar dentro de una familia.

Tengo suerte de no tener este dolor en mi cuerpo, pero si lo sufro en mi interior: soy familiar de un paciente con dolor crónico. Y ¿cómo me va a dejar indiferente ver a una persona que quiero con un sufrimiento constante?

Mi vida tampoco es fácil, yo también sufro con mi familiar. Por eso, y aunque no le siente bien a mi madre, suelo hablar en plural: tenemos cita con el médico, hoy tenemos análisis, mañana tenemos infiltración, etc.

Porque la familia de los pacientes también sufrimos, y por supuesto, también mejoramos. 

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