Mi madre siempre ha sido una gran maestra y desde hace una año y cinco meses, cada día me enseña una gran lección con su dolor crónico.
Si me lo llegan a decir cuando todo esto empezó, estoy segura de que me habría reído en su cara.  Pero sí: el dolor también nos enseña.

He aprendido que el dolor es un maestro, me enseña a cambiar y a buscar nuevas rutas en el camino diario por la vida.
He aprendido en el dolor, a encontrar la fortaleza para expulsar la tristeza que causan las heridas con cada golpe que  da la vida.
He aprendido en el dolor a renovar la esperanza, y a no perder la confianza en las personas; siempre hay alguien que me extienda su mano cuando lo doy por perdido.
He aprendido que el dolor no es un obstáculo que no pueda ser vencido, pues con cada golpe y tras un respiro, renuevo fuerzas para luchar con mas ganas por superar lo vivido.
He aprendido que el dolor me hace más fuerte, pues cada herida causada me ayuda a crecer más.
He aprendido que a pesar de tener el corazón destrozado en mil pedazos pensando en mi madre, el mundo sigue su curso, y no puedo hacerme a un lado.
He aprendido que si es una semana mala, no me puedo a desesperar, porque en cualquier momento eso puede cambar.

Con el dolor crónico, he aprendido demasiado.

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