El dolor crónico forma parte del paciente, no desaparece por completo, es inevitable; pero con ayuda de la medicina -en especial de la unidad del dolor-, se puede llegar a controlar y disminuir…. y esto, es imposible de describir lo que supone.

-¡Ojalá que mucho tiempo!- siempre pensamos los familiares.
Minutos, horas, días… es una gran incógnita. Ni paciente ni familia sabemos por cuanto tiempo sera su disminución, pero sí sabemos que algún día volverá, porque el dolor crónico siempre acecha.

Las primeras ocasiones en que ese dolor disminuye mucho o desaparece, tenemos esa “ilusión de los novatos”. -¡Ya no tiene dolor!- decimos a todos los que nos preguntan; y cuando vuelve, es un mazazo en la cabeza, una desilusión y desconcierto que nos llega incluso a enfadar.

Con el tiempo aprendemos a disfrutar de esa tregua con nuestro familiar, a saborear cada segundo del descanso, a aprovechar de las vacaciones que nos da el dolor crónico para hacer cosas que con el dolor son inviables: planes de familia (pasear, comer en un restaurante sin prisas, salir de compras) o ver a nuestro familiar haciendo cosas poco usuales (poner lavadoras, hacer la comida o la cama, agacharse) pero siempre sin perder del todo esa “ilusión del novato” que a veces no nos deja dormir por la noche por si al día siguiente vuelve el dolor.

Si algo he aprendido durante este tiempo…. es a no perder la ilusión del “novato”porque, aunque el dolor vuelva a llamar a nuestra puerta, con ilusión y esperanza se vive mejor y desde luego, esa tregua nos da el impulso suficiente como para “volver a mover cielo y tierra” y buscar otra pequeña disminución de dolor.

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